Papá lloró azúcar toda su vida
y quizás me costó entender cómo
hacía para endulzar su corazón
después de que las cañas lastimaran
sus manos o el frío del machete
atravesara sus piernas en el cañaveral.
Quizás por eso también no alcanzó
a abrazarme cuando mi cuerpo
rebalsaba en las manos de algún chango
o cuando le mostré el nicho en mi pecho
donde una virgencita gritaba mi nombre.
Ahora recojo los granitos dulces
que salen de sus ojos
y veré en ellos a ese changuito
que el ingenio lo parió.
© Samuel Amaya
hermoso, con la claridad y la ternura norteña. susana zazzetti.
ResponderEliminarSamuel que bonito.❤️🌱
ResponderEliminarMaravilloso Samuel!
ResponderEliminarMaravilloso!! Ya desde el primer verso se intuye su belleza. Bea Belfiore
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