El ojo
Antero, el tío postizo de Mónica,
el que descarozaba aceitunas
aquella vez. Ciego de un ojo,
con una nebladura en la pupila,
como si viese cielos.
Fue aquella vez:
el ojo sano en las aceitunas,
el silencio ante la tarea inabarcable,
las inminentes fiestas
y la certeza de haber conocido
a un santo, próximo a morir.
© Gerardo Lewin

El ojo sano en las aceitunas. Ay, un santo
ResponderEliminarMuy bueno
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