30/5/15

Poema de María Teresa Andruetto



Este rostro ya estaba
debajo de la tela, estaba y carcomía
con su podredumbre el retrato del joven
con gorguera. Bajo las arrugas y los ojos
desteñidos están los ojos arrogantes
de otro tiempo, pero ni el otro ni éste
son grandes, a todos los ha herido
esta luz: ya nada es menos,
hasta lo más miserable
tiene su destello.



© María Teresa Andruetto

Poema de Irma Elena Marc



LOS OJOS                                                        

 La Nena le hundió
 los ojos
clavándole los pulgares con un solo movimiento preciso,
los ojos dieron vuelta sobre sí mismos en un giro completo.
La Nena sintió cosquillas
en la yema de los pulgares
cuando las pestañas volvieron a quedar en su lugar;
oprimió más y los ojos se perdieron
en la cabeza sin cerebro de Pierángeli.
La Nena la miró sin reconocerla
 a causa de las lágrimas y del frío de la muerte.
Guardados los ojos dentro de la nada.
El vacío de los ojos.
Los ojos de la muñeca Pierángeli eran la nada.
Cantaba el aire en las cuencas inocentes y bellas y encantadas.
    ¿No es la muñeca más que los ojos?
    ¿ o es un cuchillo a mitad de la infancia?


  ©  Irma Elena Marc

Poema de Aníbal De Grecia



En tus cuencas desordenadas
miles de ojos escriben
para nacerte.

© Aníbal De Grecia


Poema de Cynthia Rascovsky


La ciudad huele a muerte
en  cada árbol mutilado

La ciudad huele a muerte
en cada baldosa rota

La ciudad huele a muerte
en cada ojo petrificado

La ciudad huele a muerte
en cada boca abandonada

La ciudad huele a muerte
en cada corazón maltratado

La ciudad huele a muerte
Yo huelo a muerte.



© Cynthia Rascovsky

Poema de Silvana Merlo


A mí me digo
¿Por qué no arrancar esta ventana
si del otro lado espera el infinito?


© Silvana Merlo

Poema de Nora Coria




PARTE DE LA TIERRA

Sagrados. 
Entre cerros insondables.
Tallados.
Por gruesas espinas.
Erguidos. 
Sobre pircas perpetuas. 
Seguros. 
En laderas escarpadas.             
Impasibles. 
Bajo un sol tutelar. 

Porque acercan al cielo. 
Porque no hieren.  
Porque en sus sendas se elevan.
Porque hacen confiable el camino.
Porque es el Inti el que abraza. 

Como ellos. Somos parte de la Tierra.
No sus dueños.



© Nora Coria

Poema de Flavio Crescenzi



Pasos
  
ya he dicho que tu voz es fuego funerario
futuro azul o mar que vuelve
que en ella las aves se incendian sordomudas
porque tu rostro es verbo en tiempo no corrupto
metonímico rostro de cuello y de muñecas

soy la sombra de tu cuerpo últimamente
una batería de guantes y de nombres que no acaba
aquella que transforma en plenilunio los faroles
golpeando el aire con más aire y fina hierba
manos que asumen fatalmente su caprichosa simetría

los árboles nos dictan su verde melopea
y estás a cada paso bebiendo de mis manos
artera en tu presencia aguda en tus anuncios
provocando catástrofes de azúcar en la tarde
como viejos cuchillos de pluma y de degüello

todo el paisaje es tu rostro de nupcias cabalgando
todo es un clamor antiguo de ramas o silencio
pasos de niebla de música o escarcha
cuerpos precediendo a la noche que llorando
hace que el sol se descuelgue a lo lejos de rodillas


© Flavio Crescenzi

Poema de Claudia Ainchil

     
SI OCURRIERA

Oscuridad extraña
con rumores contiguos
con ensimismamiento
un monólogo no dicho
impenetrable tiempo
de estaciones perdidas.
Es el escenario atmósfera
donde avanza la manada
al ras del enigma
con sangre en los colmillos...
es cierto, los he visto.
Si ocurriera un prodigio
y voces clamaran la verdad del rocío
trascenderían óleos
fragores de un mundo distinto
nos sacaríamos tantas maletas que pesan
en el alma...


© Claudia Ainchil

Poema de Daniel Martínez

            
              a Laureana 

Yo trabajaba 
a una cuadra de tu casa
y andaba haciendo repartos
en una camioneta roja

vos tenías ocho años
(diez menos)
seguramente te habré cruzado
mil veces en la esquina
con tu pelo trenza
y tu mirada azul
juntando recuerdos
a la hora de la merienda

hoy dormimos en la misma cama
y nos amamos
y todo parece
ese final cursi de las películas viejas
mientras nuestros hijos
caminan por la misma vereda
juntando otros recuerdos
a la hora de la merienda


© Daniel Martínez

Poema de Beatriz Arias



La luz desciende sobre la calle
y trepa mis libros con sus manos violetas
tal vez la hora, náufraga en el viento,
se arroje como un pájaro al mar de mis palabras.
La soledad con su mirada de barco
se hunde en el cristal de mis ojos.


© Beatriz Arias

Poema de Amalia Mercedes Abaria


EN LA CIUDAD SOLA 

No dejes, madre
que estas calles avancen
en el triste nudo de una tarde
de amatista fugaz.

Qué hacer con el pasado
tan lejos
de la pérgola del sol?

Qué hacer con estos pasos nuevos
en la ciudad desierta
sin sentir el naufragio
de una quilla sola
de un estanque muerto?

Cómo huir del dolor
el péndulo de fuego,
el húmedo azote
en los párpados cansados
a la espera de un Ángel?

Hay en el camino
plegarias azules,
estrellas en las calles?

Qué memoria cruel
alza tu rostro en la pena
golpeando mi orfandad
       de pájaro herido.

Dónde estás, dónde el murmullo
hacia tu mano,
su titilar de agua
       entre las nubes?

Otra vez el cielo
lejano
        tan lejano.




       © Amalia M. Abaria

29/5/15

Poema de Ana Guillot

                                                      

  “como si fuera un plumerillo la infancia...”
(la orilla familiar/la riba familiar) 


como si fuera un plumerillo
soplar el algodón suave reminiscencia
corpúsculo blanco leve como un tul
(el velo de la novia está rasgado)
soplar esa liviandad y soltarla del núcleo
desgajarla del tronco con un soplido suave y rumboso
atomizado suelto en la liviandad
de esta tarde de verano

soplar (el velo de la jaula)
qué simple disolverlo
hilos de ariadna pequeñitos
ciñendo la corona
en el aire de la tarde
se van


© Ana Guillot

Poema de Gloria Oscares

   
  LA TAZA DE CAFÉ

Invierno
en el fondo de la ciudad
la mañana cambiante
ordena las sombras

Bebo mi café
y el humo sube a la memoria

Afuera todos pasan apurados
corren sin saber
en qué jaula
rincón o cueva refugiarse
Un hombre con su celular
Un estudiante alucinado
Una anciana con su bolsa de compras
Una mendiga con el colgajo del hambre
prendido a la cintura
Unos chicos se pelean para abrir
la puerta de los taxis
Una mujer pasa con una boina color del río

La gente huye
Se va
Los edificios suben por los espejos en el bar
Suenan las sirenas de la noche
Se escucha aún el grito de las madres
Y yo estoy aquí junto a la ventana
para prevenir el desencanto
El vértigo de la melancolía

Quiero
conocer el origen de esta pesadilla
y conservo los ojos abiertos
para descubrir algo que todavía me sorprenda

Invento mis días
entre los objetos llenos de polvo
y así poder abandonar el sillón a mi medida
donde tan solo queda
el hueco de mi cuerpo

De pronto
la locura me toca con el gesto de la muerte
y desata otra espera incomprensible



© Gloria Oscares

Poema de José Antonio Cedrón

   
La propuesta

Podemos conocernos, viajar tres mil kilómetros,
diez mil, o tantos más.
No quiero ir a la luna. 
Allí hace falta mucho entrenamiento,
equilibrio en la dieta y en los gestos,
educar al silencio,
aprender a comer, a caminar. 
Respirar solo.
Quedemos aquí, donde lo que se lleva y trae
el viento,
una que otra esperanza.
Cosas que todavía pueden ser soñadas.
Aquí tenemos árboles, canciones, 
las orillas del mar. 
La suerte viva.
Quedemos aquí: la piel, las manos libres.
Pongamos esa música y te invito a bailar.
A la luna se viaja en los boleros.
                                           
        ©  José Antonio Cedrón

Poema de Anahí Duzevich Bezoz

  
 YO MADRE

“Enséñame el rostro de tu madre, te diré quién eres”
Khalil Gibran

Todos los días, todos
Te veo…
Entre tantas apetencias tempraneras, juveniles
imitar carcajadas pernoctadas
oxidadas en plenitud
Te veo…
bordear las entrañas de la convicción
entrar en el grito y circular por sus contornos
sufrir con el reverso del amor.
Te veo…
Arrodillada, con espíritu insobornable
ante la alevosía
que siempre llega
/desde otras orillas/…
Te veo…perdonar
esparcir el sufrimiento
para que se note menos.
Desgarrar las huellas de los sentidos
juntar las estrellas derramadas
en la curva de tus anhelos
engullir los bordes de la felicidad
Siempre/siempre/ en víspera.
Te veo…
A través del tiempo diario
imitar amaneceres adultos
Te veo…
paliar las tentaciones peligrosas/disfrazadas de gozo
que traicionan tus sueños.
A través de mis ojos maternales
te observo, vivo, sufro, gozo
cada milésima de tu vida
que significa toda la mía


© Anahí Duzevich Bezoz

Poema de María Del Mar Estrella



EL VIÑADOR 

                        A  Manuel J. Castilla
  
Donde iba su voz allí crecía
su parra de poemas, fermentada en savia de universo.
Viñador visceral  de  la existencia  amanecía  derrochando
su generoso don
y su sombra gigante lo seguía mansamente potente, caudalosa. 

Ninguno como él para pialarlo al duende cimarrón de la vendimia
poética, ninguno tan país, tan sangre tierra
tan compadre del hombre y su destino. 

Escalar su palabra era entregarse al placer  de una cima imprescindible
donde cuatro elementos (coraje, maestría, pasión y resistencia)
se mezclaban a las cuatro estaciones del lenguaje. 

Todo en él era música secreta
dictada por las musas ancestrales de la imaginería
que siguen proclamando que ese Manuel Castilla sigue andando
por los cielos del mundo
como un cometa intrépido que gira
sobre el eje inmortal de la metáfora.



   © MARIA DEL MAR ESTRELLA

Poema de Francisco X Fernández Naval


HARLEM

Ciudad arriba. Updown. Parada 43. Ojos sonámbulos en el 110.
Algo cambió. Suben al autobús las Rosas de Nueva York,
con bastones, andadores, cargadas con las bolsas negras de la igualdad,
con la magnitud de la estirpe  y de la sangre.
Rostros de una fatiga anterior, miradas de sosiego,
acostumbradas a leer imponderables en los posos del café.
Y siempre hay alguien que se levanta, mulato, blanco o negro,
alguien que se ofrece y cede un lugar cercano a la salida
con la inexpresiva  indiferencia de lo cotidiano.
Algo cambió. Más allá del paralelo 112 somos los únicos blancos en el autobús
abarrotado de cansancio y sueño.
Bajamos en la 125, en el bulevar que recuerda a Luter King y la no violencia.
King, asesinado porque tenía un sueño,
porque la vida de un negro no tiene precio. Algo cambió,
pero no todo. En las calles el viento barre las hojas otoñales de los derechos civiles.
En las encrucijadas se amontonan las bolsas blancas de basura igualitaria.
Caminamos hacia el teatro Apolo con su cielo de estrellas en la constelación de voces
de algodón que abarcan hemisferios. Corazón azul de negritud,
trompeta, rostros brillantes de sudor y soul,
sonido de garnacha en el firmamento oscuro.
En la acera los tambores baten en la piel de la tarde,
fulgor de un relámpago anterior a la memoria.
En Central Park el sol prende en las ramas del crepúsculo.
Un esplendor gótico emerge por entre el vapor de la batalla
que no fue ni derrota ni vitoria. Gótico, no.
Un reflejo neogótico emerge, contemporáneo y viril,
en la ladera acotada. Battle of Harlem Heights, el cólico.
Expresión de inocencia perdida,
flor y ángel oscuro,
hogar de la oración de todas las naciones,
de las siete etnias convocadas al interior del ábside,
memoria de la paz columpiándose en la cruz
que cuelga de un clavo y cae con el estruendo de lo inefable.
Velocidad terminal, laberinto visual, información cinética.
Algo cambió, pero no todo. Shooting of Brown
Shooting of Brown, shoot, shoot, red news sobre la oscura piel de cualquier Harlem.



© Francisco X Fernández Naval

Poema de María Cristina Briante


negra sonriente
fiesta de poros
como enjambre
desde tus entrañas
manantial y cuenco,
amorosa,
leona a panza abierta


© María Cristina Briante
Foto: Osker Molek

Enviada por la autora del poema

Poema de Mary Acosta


Doble niña audaz de las alas tibias 

Es la doble.
La niña audaz de las alas tibias,
la que se cuelga de la mirada parpadeante del espasmo.
Es el primer grito del amanecer en existencia,
pétalo del tiempo mudo que aletea letras
calcadas sobre el vientre volátil de un detenido pájaro dorado en llamas. 

Dicen que los pájaros proclaman el silencio de los siglos,
que borran memorias sucias impregnadas en picos blandos,
que son la fotocopia de la archivada libertad,
documento vívido de un despegue sin huella digital
y
el aviador confuso del exilio en un cielo clandestino.

Ella,
como doble niña audaz de las alas tibias
no llegó jamás a detenerse,
y hoy revolotea  aprehendida en eco junto a la edad del verbo
como voz soprano y andante del soberano viento.



© Mary Acosta

Poema de Susana Roberts



Peregrinar

Eran dóciles como corderos
eran Luz amanecida brillante flor
eran caminantes de la lumbre
en los recodos del tiempo
cuando los tiempos eran de Paz
Aún en tiempos de guerras
Y ultimaban los detalles
Como celosos escarabajos
atravesaron desiertos y mares
Y en turbias aguas daban amor
Y en desconcertados daban ideas de paz
Y en la desesperación daban calma
Quedó la estela
quedó la siembra en despreocupados hombres
quedó la fe para ser manipulada
quedó el camino evocando el regreso
Y quedó la imagen en cada uno
Un sello en el alma
Para abrir el surco

Desde el infinito azul

Peregrinar.


© Susana Roberts

27/5/15

Poema de Romina R. Silva

  
No abraces la sombra

No abraces la sombra.
No convides banquetes a extraños.
No peques de mañana.

La raza de convictos esperanzados
golpea las puertas.

Sonrisas blancas queribles,
ojos tapando la sombra
y el pacto de silencio
dejándolos tiesos.

No acuses al distinto.
No bebas de ese cáliz.
No busques la piedad.

Inmolas al rojo
de blanco te cubres
camuflando el negro.

Desconocidos tus rostros,
sin verdad.

No abraces la sombra
que la sombra te abrace
hasta matarte.



© Romina R Silva

Poema de Sonia Quevedo


EN SILENCIO EL SUSPIRO 

Conteniendo el suspiro 
el alma al ensancharse entre sollozos rompe 
cuando, enorme la tristeza danza. 
No fue lágrima, fue melancolía. 
Fue respiro prolongado y lento 
fue abrazo entre la niebla 
y fue el sonido que en silencio 
al aquietarse las sombras el suspiro produjese. 


© Sonia Quevedo

Poema de Daniel Adrián Castelao



CUANDO JULIETA SE MUDÓ A CONTRAFRENTE

¿Con quien me batiré en duelo
por tu nombre y por tu amor?

¿A quien escribiré esos versos soñados
con que pretendía enamorarte?

No más besos en la reja,
luna en tu ventana
risas como música
que me llenaban el alma

No más tu mano y la mía
la brisa del río en nuestros rostros
abrazos que juntaban nuestras partes
desperdigadas en la inmensidad

Ahora no debo estar aquí.
Al fin me has birlado los sueños

Tu balcón cerrado
por un cartel de "Se alquila"

- ¡Devuélveme mi pecado!



© Daniel Adrián Castelao

Poema de Xenia Mora


POEMA VISCERAL

Desde adentro
miran mis ojos
en derrame visceral.
Día tras día
golpeo puertas
busco manos
encuentro garras
que lucran con mi sangre.
Suplico, aúllo, rasguño
siento paredes de acero.
Mi voz maniatada
cae al eco del abismo.
Cuando retiran
el respirador de la esperanza
tapian puertas y ventanas.
Y sólo muros de azulejos
gritan dolor a nadie
y brazos extendidos
imploran a fantasmas
con delantales ensangrentados.


© Xenia Mora Rucabado

Poema de Estela Barrenechea


Si fuera mi voz 

Yo era, acaso, el niño abrazado
a la dureza luminosa del sol,
la amiga de una realidad arbitraria
de espejo cortado.

¿Cómo explicar,
de repente el mundo ante el crujido neutro
que forma la materia silenciosa?
¿Por qué no me reconocía
ni siquiera en mi género?

La luz plana de la niebla
ha sucumbido a la palabra dulce,
a la tangible línea de la letra.
Oigo poemas que se escapan de los libros,
sacudo las orejas y el sonido vibra.

Cada figura en mi propia casa
desnuda las paredes agrietadas.
Madre,
nunca he sentido tanto frío.
¿Por qué mi pequeño alveolo del pecho airea?
No tomaré nada de nada sino el vacío del afuera.

¿Por qué la sombra propia, las nuestras,
en el doblez de la lengua?

Madre,
la mujer de la ciudad tiene nervios de alambre
que empalizan las ganas.

¿Cómo nacer al margen, aunque sea
como huelguista del mundo?
¿Por qué ese anhelo y el peso de mi cuerpo?
Parece que me hablan las tripas del verso.


© Estela Barrenechea

26/5/15

Poema de Carlos Alberto Roldán


Un fantasma
la loca de la calle Lambaré
grita y se despoja
como si para ella
solo hubiera puertas pequeñas

atreviendo la voz
a los monstruos que genera la razón
los implacables de juicios e infiernos
dueños de únicos senderos respetables

sube a este colectivo sin rumbo
grítame tu desvariado poema
su luz de escalofríos y desesperanza

suicida que nos juzga crudamente
alguna vez te he visto con tu cuaderno negro
en el rincón más apartado de un café
renuente a toda contaminación
y todo trato

no tuve el coraje de acercarme
e intentar el sortilegio de palabras

Quinta Galli hacia ninguna parte
este colectivo se pierde
con tu enorme ausencia




© Carlos Alberto Roldán

Poema de Valeria Cervero




detrás del arco
el ojo atesora
activa sus ganas
des  pega



© Valeria Cervero

Poema de Miguel Oyarzábal



Balance

Cultivo desesperaciones,
no rosas blancas.
No poseo tierra escriturada
y me cansé de los jardines ajenos.
La vida que he sembrado, duele.



© Miguel Oyarzábal

Poema de Sonia Rabinovich



Nunca se llora por lo que se llora,
las lágrimas engañan transparencia,
albergan nervaduras
por donde se atropella un caos
que delata en agua del momento.
Cántaro que rebalsa
sobre sangre seca en el pavimento.

               

© Sonia Rabinovich

Poema de Graciela Barbero



Barcas

 Motas naranjas surcan el mar
 la espuma bordea
 esperanzas en la proa
 cortejo de sol
 rostros anhelados en el puerto

 Aleteo de  gaviotas
avista el cardumen

Lucha y redes
de viejos inmigrantes
cuentos extraviados
 en el remolino iracundo

Una estrella dibuja
el regreso de
canastas colmadas

El amanecer  vocea
otra lucha sobre el muelle.




© Graciela N. Barbero

Poema de Rubén Vedovaldi


no hay nadie 
del otro lado de la línea 
de cocaína 



© Rubén Vedovaldi

Poema de Ana Romano


Faz

Hace al estigma del antifaz
la convención desafiante

Es que gesticula su arrogancia

El ojinegro
regodea
al banderillero.



© Ana Romano

Poema de Teresa Vaccaro

  
ELLA QUE PIENSA 

Quién es ella que piensa, 
que se detiene en el aire 
y manotea recuerdos. 

Quién es ella que vuelve del infierno con ojos inmóviles 
a refugiarse en el silencio. 
Mezcla de blandura y brío, 
de látigo y caricia 
en la espesura 
de su desierto poblado. 

Quién es ella, 
y quién soy yo entre las hojas de los libros.



© Teresa Vaccaro